Denominación: Celaya

Toponimia: Del vasco Celai, la cual derivó a Zalay y Zalaya: tierra llana, el prado, la pradera, el pastizal.

Fecha de fundación: 1 de enero de 1571

Escudo de armas de Celaya, Guanajuato

El campo del escudo es un óvalo, como corresponde a un estado, región o reino, y está enmarcado dentro de una orla que ostenta como adorno cinco carcajes de flechas, en símbolo de las cinco tribus chichimecas sometidas: nahuas, copuces, guachichiles, otomíes y guamares.

El campo está dividido transversalmente en tres franjas de colores: azul -realeza y majestad-, blanco -inocencia y pureza-, rojo -dignidad, poder y soberanía. En el cuartel azul, que es el superior, está ocupando el centro la imagen de la Purísima Concepción, patrona de la ciudad; a su lado derecho luce dorada la cifra o acrónimo de la corona de Felipe IV, en memoria de haber sido este rey quien concedió a Celaya el título de Muy Noble y Leal Ciudad; y a la izquierda de la imagen de la Virgen se ve una cueva, recordándonos que el título se obtuvo por mediación del virrey Francisco Fernández de la Cueva, Duque de Alburquerque. El campo blanco, que es el de en medio, tiene un árbol frondoso (mezquite) que cobija a varias personas, entre las que se ve a un religioso, probablemente de la Orden de San Agustín. Este cuartel o franja es la representación de la fundación de la villa, el 1 de enero de 1571, y de los primeros pobladores (más de treinta) que se reunieron allí para hacer el reparto de solares y tierras bajo la sombra del hermoso mezquite. Finalmente, en el campo rojo, que viene a ser el inferior, hay una divisa escrita en latín, que dice: “de fortidulcedo”, la cual, en romance y haciendo la traducción literal, quiere decir: la dulzura del fuerte, en referencia inequívoca, al capítulo XIV, versículo 14, del Libro de los Jueces, donde se lee: “De fortiegressaestdulcedo”. “De lo fuerte brotó la dulzura”, hablando del legendario Sansón cuando mató a un león y, tiempo después, en las fauces de la bestia encontró un panal de miel. En la divisa de nuestro escudo, por imperatoria brevitas, o sea por abreviarlo, está suprimido el verbo latino “egressaest”, salir, brotar. Y su traducción, por ser una forma de ablativo, es en singular y no en plural: de fortidulcedo: la dulzura de lo fuerte, o la dulzura del fuerte, como ya lo conocemos.

Abajo están dos brazos desnudos, rindiendo sendos arcos, en una actitud simbólica de la sumisión de los indígenas al poderío español.

Orografía

Celaya está situada en la extensa planicie del Bajío, próspera y dilatada región a la que, por su fecundidad y magnífica producción de cereales, se le ha llamado con razón “El granero de la República”. Cruzan su territorio los ríos Apaseo y Laja. Las llanuras cuaternarias que lo forman se encuentran a una altura media de 1,700 metros sobre el nivel del mar, y en su subsuelo abundan los depósitos de gruesas capas de materias volcánicas, las cuales seguramente fueron acarreadas por turbulentas corrientes hace millones de años.

Por sus aguas termales, el municipio muestra el vulcanismo intenso que tuvo lugar entre los paralelos 18 y 22, durante la época terciaria, el cual vino a determinar en esta parte del país, como en muchas otras, la formación de un típico relieve plutónico. La erosión pluvial ha formado en el valle grandes mantos de sedimentos que son propicios a la fertilización del terreno, en el que crecen multitud de ejemplares arborescentes: ahuehuetes (sabinos), huizaches, mezquites, pirules, zapotes, fresnos, sauces, cazahuates (palos bobos), nopales, granjenos, tepeguajes, sicuas y tepames.

También esos mismos sedimentos han contribuido a la formación de gran número de rocas de naturaleza metamórfica y calcárea, que se pueden industrializar, haciéndoseles objeto de una calcinación adecuada, para obtener así cal viva. La esencia del origen volcánico de Celaya haceque se preste admirablemente para las siembras y plantaciones; y hasta las tierras alzadas o pedregosas que se encuentran en las faldas de los cerros (la Gavia, Jáuregui y el de los Huesos), poseen una delgada capa de humus o tierra vegetal, que permite el maíz de temporal, el frijol, el garbanzo y el trigo, aunque a últimas fechas la gente del campo prefiere emigrar a los Estados Unidos. Con todo, aquí hay profusión de cereales de muy buena calidad, así como higos, duraznos, membrillos y uvas; además de alfalfa, chile y una gran variedad de legumbres que se cultivan y se dan de manera sorprendente.

Historia de Celaya

En el período comprendido entre los años 1568-1569, los indomables chichimecas, alzados contra la Corona, atacaron Comanja y asesinaron sin piedad a todos los españoles allí residentes, salvándose nada más el presbítero Juan de la Cuenca y un seglar de nombre Juan de Sayas, que lo acompañaba en sus labores de evangelización por los llanos y colinas donde más tarde sería la Villa de León. Después, en 1570, desplazándose de estas regiones hasta Xilotepec, estos guerreros aborígenes incursionaron peligrosamente por el Atlayahualco (parte del Bajío), territorio abundante de lagos y manantiales entre Querétaro y el río Laja, obligando al virrey a que urgiera al Ayuntamiento de la capital para que equipara un ejército, el cual saliera a someterlos y castigarlos. Andrés Cavo, historiador religioso de la Compañía de Jesús, muy apegado a la verdad, sostiene que el propio virrey de la Nueva España, Don Martín Enríquez de Almanza, encabezó sus huestes y llegó hasta el lugar donde actualmente se levanta la ciudad de Celaya, razón por la que, el 12 de octubre de 1570, ordenó que se fundara una villa y se poblara con algunos vecinos de lo que hoy conocemos como Apaseo el Grande, más los que habían puesto ya sus fincas y sus amores en los alrededores de una aldea otomí llamada Nattahí (actual barrio del Zapote).

Dicho mandamiento fundacional se efectuó el 1 de enero de 1571, bajo un frondoso mezquite de aquella antigua aldea a la que los españoles denominaban Pueblo de la Asunción, ubicada entre el río de San Miguel o Río Laja y la boscosa propiedad de un acaudalado encomendero de nombre Juan de la Requena. Cuenta la tradición, que, ese día primero de enero, los más de treinta o cuarenta hombres casados (vascos en su mayoría), con residencia fija allí como lo pedía el virrey, oyeron misa del Espíritu Santo, y tras haber comulgado y cantado el VeniCreatorSpiritu, procedieron a nombrar su Cabildo, el cual quedó encabezado los alcaldes: Domingo de Silva y Juan Freyre, quienes se manifestaron complacientes cuando los ahora religiosos franciscanos, el 18 de noviembre de 1573, le pidieron al virrey su anuencia para fundar un monasterio, lo cual les fue concedido un poco antes de que llegase a la villa el doctor Alonso Martínez, Juez Visitador, quien llevaba órdenes tajantes de repartir solares y tierras de cultivo entre los habitantes, que cada día eran más y todos ellos, el 8 de diciembre de 1574, apoyaron a los frailes en su deseo de trasladar la imagen de la Inmaculada Concepción al nuevo aunque todavía humilde templo franciscano.

En esos inicios de la villa ocurrieron muchos sucesos, como la epidemia del Matlazáhuatl, que en 1576 azotó a la población indígena. Y la Navidad del 25 de diciembre de 1577, cuando se bendijo la regia imagen de la Purísima Concepción, encargada de España por la familia del fundador Martín Ortega y su esposa Magdalena de la Cruz, para quedar entronizada en la parte superior del altar mayor, en espera de que llegase el año 1578, parta que se terminara la construcción de aquel primer edificio y se efectuara la solemne bendición tanto del templo como del convento. Y así continuó nuestro Celaya hasta 1634 en que se introdujo a sus callecitas y los hidrantes de sus plazas el agua del río de Apaseo y de la Laja y comenzó un florecimiento, que, el 4 de febrero de 1638, vio aparecer el Colegio de la Purísima, formado por los franciscanos, y el 20 de octubre de 1655, la villa se erigió en ciudad, con la denominación de Muy Noble y Leal Ciudad de la Purísima Concepción de Celaya, con todos los honores, privilegios, preeminencias y canonjías, lo cual no fue disfrutado por los frailes, los poderosos y crédulos de estas cosas, sino hasta que se cubrió el adeudo de dos mil pesos oro que el título había costado, lo cual ocurrió hasta el 7 de diciembre de 1658.

Historia del nombre de la ciudad de Celaya

Lingüísticamente, se tiene razón de escribirlo con “c”, casi tanta como –por algún probable error ortográfico- hacerlo con “s” o “z”, porque desde el principio así fue, así ha sido y así será. Las faltas de ortografía de aquellos tan ignorantes como rudos amanuenses no disculpan la terquedad de los de ahora, entre los cuales hubo uno que, incluso -en su afán de ser notable- llegó a ubicar el reino de Vizcaya ¡en las montañas de los alrededores de Sevilla! (Andalucía), todo por darle patria y lugar a un oscuro juan de cueva, quien fuera secretario de gobernación del virrey Martín Enríquez de Almanza, confundiéndolo con el gran poeta juan de la cueva, sevillano, que estuvo en México, no como funcionario público, sino de visita, un poco antes de que don Martín y el homónimo secretario partieran hacia el Perú, dejando el gobierno en manos de Lorenzo Suárez de mendoza, conde de la Coruña.

En ocasiones, lo payo, lo provinciano o lo mal informado en materia idiomática, hace caer a las personas en exabruptos y en excesos que sólo hablan de su buena fe (como es el caso de la traducción de la divisa de su escudo, la cual creen que viene del italiano y que significa, en plural, “de los fuertes es la dulzura” (sic). La verdad es que Celaya por siempre tuvo fincado el edificio de su origen en el vasco Celai, que significa prado, campo, pradera o pastizal, y de allí proviene la palabra Celaya, así, con “c”, la cual tuvo algunas variantes ortográficamente mal escritas por quienes en aquellos momentos se hallaban más entretenidos en las armas que en las letras: Zelay, Selai, Selaya, Zalaya, Zelalla, Selalla, etc. Pero, a su vez, esta Celai vasca pudo haber partido desde el latín celar celare: vigilar un prado, guardar, encubrir, ocultar, de donde se derivaron palabras como cela (camilo José cela), celadilla, celador, mismas que por su cuenta le hacen honor al cel de los celtas, pueblo invasor llegado a la península ibérica en el siglo 1 antes de cristo, en el norte, donde precisamente son las provincias vascongadas, y el latín -al arribo del imperio romano hasta aquella latitudes- arrasó con todo: religión, arquitectura, usos, costumbres, modas, modos y las mismas lenguas, absorbiendo estilos, modelos, formas, culturas y palabras. ¿Quién no nos dice que inclusive la palabra cielo, de coelum, coeli, pronunciado cel-um, cel-i, no venga desde allá? ¿O es que acaso el cielo no es un campo raso? ¿Una llanura, un prado, un pastizal etéreo donde pacen las nubes y los sueños? Una vez iluminada un poco esta raíz, digamos que la familia del poeta español Gabriel Celaya mantuvo y ha conservado adecuadamente el apellido de su estirpe. Y que el resto de los vocablos que comparten esta historia, de larga data ya, se han sostenido en la correcta ortografía: celain, celayen, celagarán, celaya, celacoechea, celachea, celaeta, celaicoa, celayeta, celaender, celaga, celandieta, celarain, celayaran, celayarran, celayandía, celayanda, celayandra, celayondo, celhabe (de cel: pastizal –celta- y habeus: tener -latín-), celimendi, por mencionar sólo algunos.

Soneto

Del lejano caudal, del vago abismo

donde el cosmos troquela su lenguaje,

caminó tu palabra, el albo traje,

el verbo que se viste de sí mismo.

De aquellos viejos celtas, de aquel sismo,

emprendiste, Celaya, el largo viaje,

trayendo la llanura en tu equipaje

y la “C” celestial de tu bautismo.

El cielo, patrimonio del idioma,

que es la esencia solar de tu estructura,

a tu nombre limpísimo se asoma.

Bebe con c la “C” de tu hermosura:

agua, campo de flores y paloma,

abrazo de celeste arquitectura.

Historia de la fundación de Celaya

La ciudad fue fundada sobre un poblado indígena llamado Nattahí, que en lengua otomí significa debajo del mezquite o a la sombra del mezquite; varios españoles de las villas de Apaseo y Acámbaro, allí se instalaron para surtir a los viajeros. Estos primeros españoles llamaban a la comarca el mezquital de los Apatzeos. El epicentro de construcción para la ciudadela fue el convento grande de san francisco y el posterior establecimiento de las casas reales en la plaza de armas. Más tarde las haciendas circundantes, con la ayuda de los afluentes de los ríos Apaseo y san miguel, se volvieron importantes productoras de maíz, trigo, chile, pimiento, vid y magueyes para las ciudades mineras de Guanajuato, Zacatecas y San Luis Potosí, cuya ruta era paso obligado. Los viajeros y habitantes españoles del asentamiento, eran víctimas de constantes ataques indígenas, por lo que el entonces virrey de la nueva España, Luis de Velasco, expidió en 1551 una cédula para que se instalara una guarnición que sirviera de protección a los intereses de la corona. A pesar de la guarnición, la frecuencia de los ataques a los viajeros, que llevaban los metales preciosos a la capital, obligó al virrey don Martín Enríquez de Almanza a venir personalmente para organizar la defensa de los viajantes. Fue en esta visita cuando los españoles asentados le solicitaron que fundara una villa con el nombre de Nuestra Señora de la Concepción de Zalaya, y él expidió una cédula para tal fin el 12 de octubre de 1570. No obstante, debido a ciertas diferencias entre los españoles vecinos, la cédula no se cumplió sino hasta el 1 de enero de 1571, quedando la ciudad bajo la protección de la purísima concepción. Después de los agustinos, los evangelizadores franciscanos se volvieron de vital importancia para el desarrollo de la villa, aportando el panteón, la huerta popular, la enfermería, el noviciado, el claustro y el “colegio de la purísima concepción” que es una de las instituciones antecedentes a la Real y Pontificia Universidad de México, al tiempo que se edificaban el templo de San Francisco, el Templo de la Tercera Orden, el Templo de Nuestra Señora del Pilar, el Templo de la Señora del Cordón, la Capilla de los Dolores y los Espacios Públicos, hoy localizados en el centro histórico. En 1597 la orden de los carmelitas legó a la villa su convento y templo. En 1609 se establecen definitivamente los agustinos al sur de la ciudadela, fundando también su propio convento y templo. En 1623 con la construcción de un templo dedicado a nuestra señora del tránsito y un hospital de curaciones, se establecen los monjes juaninos en la villa. Casi un siglo después, el 10 de octubre de 1655, a la villa conocida y nombrada en los informes reales del virreinato como Zelaya o Celaya, se le concedió la real autorización para poseer el título de muy noble y leal ciudad con derecho a blasón; sin embargo, el título no se confirmó por el rey Felipe IV, sino hasta el 7 de diciembre de 1658, después de pagar adeudos pendientes. Fue hasta 1719 que los jesuitas vienen a la entonces ya ciudad de Celaya, estableciendo el templo y convento de la compañía de Jesús, hoy destruidos, e instruyendo a los labradores en mejores técnicas para el cultivo de la vid. En 1724 en la alameda se erige el santuario de la virgen de Guadalupe.

La independencia en Celaya

Al iniciar el movimiento independentista, la ciudad recibió a don miguel hidalgo, días después de proclamar el 16 de septiembre de 1810 el grito de dolores. La muchedumbre o ya ejército llegó a los alrededores de Celaya el día 20 de septiembre de 1810, acampando en los terrenos de la hacienda de Santa Rita, sitio donde actualmente se encuentra la empresa de laboratorios Senosiain. Tras una rápida visita a Apaseo, mandó una carta al cabildo celayense, pidiendo su incondicional rendición, haciendo notar que tenía bajo su custodia a 70 españoles y que si no se rendía la ciudad, los pasaría a degüello. La ciudad fue tomada pacíficamente el 21 de septiembre, en las primeras manifestaciones de aquel gran ejército insurgente. En el mesón de Guadalupe, que todavía se encuentra en el Centro Histórico de la ciudad, fue hospedado Hidalgo, desde donde organizó a su gente. El 22 de septiembre fue nombrado “capitán general del ejército insurgente”. Ignacio Allende, “teniente general” y capitanes y mariscales los demás. Fue entonces cuando se prepararon para salir de Celaya para la toma de Guanajuato. Pese a que Celaya fue ocupada por los insurgentes, el ejército realista, a nombre del Virrey, recuperó la ciudad y depositó una guarnición para reprimir posibles brotes independentistas.